victimas tras la Batalla de Placilla 1891, Luego de la batalla muchos oficiales Balmacedistas solicitaron cuartel para ellos y sus tropas ya rendidas pero T. Padilla se dedicó a formar en filas a los oficiales y los fue ultimando uno a uno : 無料・フリー素材/写真
victimas tras la Batalla de Placilla 1891, Luego de la batalla muchos oficiales Balmacedistas solicitaron cuartel para ellos y sus tropas ya rendidas pero T. Padilla se dedicó a formar en filas a los oficiales y los fue ultimando uno a uno / santiagonostalgico
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| 説明 | Que las guerras engendran nuevas guerras quedó de manifiesto en la sangrienta revolución de 1891, en la que se batieron unos contra los otros los más heroicos soldados de la contienda de 1879. Y el encono y el furor, frutos de aquella guerra fratricida, se hicieron presentes en la tarde del 28 de agosto en que concluyó la revolución con la derrota, en Placilla, del ejército gobiernista.No vamos a analizar las causas económicas que provocaron la revolución del 91, pero sí nos detendremos en el hecho de que los contendores de ambos bandos fueron precisamente los jefes y oficiales que, hermanados, ganaron gloria común en la Guerra del Pacífico. Cuatro años y medio de campaña los habían acostumbrado a la vida guerrera y, llegada la- paz, tal vez no supieron volver a adaptarse a otras labores que no fueran las del militar.El ejército revolucionario fue comandado por el general Estanislao del Canto, el mismo que años antes consiguiera la dura victoria en la sierra peruana; por su parte, el ejército gobiernista fue comandado por los generales Orozimbo Barbosa y José Miguel Alcérreca, que también tuvieran participación heroica en la misma campaña; Así, se vieron enfrentados en lucha a muerte los que antes combatieron codo a codo bajo la bandera nacional.Las últimas dos batallas de la revolución fueron tan sangrientas como las más feroces de la Guerra del Pacífico. Ellas acaecieron en la segunda quincena de agosto de 1891. La primera se desarrolló en la bahía de Concón, sitio por el cual desembarcaron los revolucionarios yen donde el general Barbosa intentó estérilmente detenerlos para impedirles el paso hacia Valparaíso.Las fuerzas contendientes estaban equiparadas en número y poderío, pero muy pronto compañías y batallones enteros del ejército balmacedista defeccionaron, pasándose al bando de los revolucionarios. Los generales Barbosa y Alcérreca, en un último intento por impedir el paso de sus enemigos hacia Valparaíso, decidieron ofrecerles una nueva batalla en los cerros y mesetas de Placilla, situados a pocos kilómetros del Alto del Puerto.Las tropas balmacedistas se trasladaron de Concón a Placilla durante la noche del 27 de agosto, marchando sigilosamente por un camino paralelo al que seguían los soldados revolucionarios.Reinaba un frío intenso, y una neblina helada cubría el suelo de escarcha. El general Barbosa, sentado, sobre una piedra, observaba el paso de, sus batallones, alzado el cuello de su capote y dejando flotar sobre el pecho su larga barba bíblica. Los hombres desfilaban como espectros, en mustio silencio, con prohibición de encender siquiera un cigarro. Uno de los ayudantes del general, el capitán Enrique Baeza, se le acercó para ofrecerle una taza de café que había hecho preparar en una choza cercana, pero Orozimbo Barbosa, urgido por la prisa de llegar primero a Placilla e indicar las posiciones que debían ocupar los regimientos, se puso de pie y montó a caballo diciendo:-Sigamos adelante. Que no se diga que por tomar una taza de café, el general Barbosa perdió un segundo siquiera. -Y espoleando su cabalgadura, partió al galope.Entre tanto, el ejército revolucionario, a su paso por Quilpué, había cortado las comunicaciones con Santiago y acampaba en la hacienda Las Palmas, para preparar el asalto final.En ese lugar, se le incorporó el Escuadrón de Húsares, que decidía .pasarse a sus líneas con toda su oficialidad y tropa. Era el comienzo del derrumbe final, del ejército gobiernista. Estos húsares ocuparon todo el resto de la noche en afilar sus sables en un viejo molejón que allí existía. Después fueron doscientos treinta cazadores a caballo los que se pasaron al enemigo, y por último, el batallón Los Angeles. ¿De qué podían servirles a los generales Barbosa y Alcérreca las posiciones inmejorables que habían tomado en Placilla? Su ejército se desmigajaba a medida que corría la noche. Para colmo de males, el general Barbosa se sintió enfermo a la medianoche y fue preciso llamar al único médico que acompañaba a ese ejército, el doctor Luís Federico Gana. El general, al verlo entrar, le dijo:-Doctor, sé que me queda poca vida, pero aún siento mi corazón fuerte para vencer o morir como buen soldado, en el día que comienza.El facultativo le administró drogas estimulantes para que pudiera tenerse en pie, y diez minutos más tarde, el general llamaba a su ayudante para que lo ayudara a vestirse. A las cuatro de la madrugada, los cornetas tocaron la diana y todo el ejército se levantó de las mantas en que los hombres habían descansado un par de horas.El general Barbosa tuvo que ser echado sobre su caballo por el mayor Francisco Leighton, pues sus piernas no le obedecían ya. Sin embargo, tuvo el coraje de decir al doctor Gana:-Mi amigo, usted volverá a la capital. Dígale al presidente Balmáceda que derramaré hasta la última gota de sangre por su causa y que sólo le pido protección para mi pobre familia.Después, partió con sus ayudantes, marchando sobre un campo cubierto por la helada.A las seis y media de la mañana el general Barbosa estaba en observación, sobre un altozano, junto a la artillería del coronel Fuentes. Frente a ellos, en las lomas cubiertas de verdura, se distinguían los reflejos de la luz naciente en los tubos de los cañones enemigos. Para hacerlos ponerse francamente en descubierto, el general ordenó que sus piezas abrieran el fuego' sobre los lomajes.Eran las siete y media de la mañana cuando tronaron los cañones. Comenzaba la batalla de Placilla. El general Alcérreca y el coronel Marcial Pinto Agüero partieron hacia el alá derecha a ocupar su sitio frente a su' división, en tanto que Barbosa lo hacía hacia la izquierda, para observar si el enemigo Intentaba flanquearlos por la izquierda para caer les por la retaguardia. La batalla se había generalizado y galopaba bajo una nube de balas que rasgaban la atmósfera.Desde el principio se vio de quién sería la victoria. Los batallones gobiernistas se pasaban a la línea enemiga a la primera oportunidad y las granadas de la artillería estallaban diez de cada cien, puesto que habían sido inutilizadas por los numerosos traidores.A corto plazo, las municiones fueron agotándose y la artillería gobiernista tuvo que suspender sus fuegos.Después, las filas fueron raleando; los combatientes huían apenas sus oficiales volvían la cabeza hacia otro lado.Situado en el camino que conducía al Alto del Puerto de Valparaíso, el general Barbosa intentaba desesperadamente detener a los soldados que' iban retirándose en desorden, al mismo tiempo que hacía recoger a los "heridos y los enviaba a las ambulancias de retaguardia. Pero eran estériles sus voces y amenazas; la tropa pasaba a su lado mirando con ojos desorbitados al viejo soldado que, con la barba revuelta, los conminaba a cumplir con su deber. Estaba escoltado 'apenas por unos pocos de sus ayudantes, cuando se produjo la carga general del ejército revolucionario. En medio de la confusión formada por los que atacaban y los que resistían, una' oleada de fugitivos arrastró al general Barbosa hacia el caserío del Alto del Puerto. Igual cosa ocurría en la otra ala al general Alcérreca, y así ambos se encontraron envueltos por la soldadesca en fuga frente a una hilera de tres viejas casas de adobón. El general Alcérreca fue alcanzado por una bala bajo el emparrado de 'una de ellas y, atrapado en tierra por los enfurecidos revolucionarios, murió despedazado a golpes de lanza y sable. Luego, su cadáver, desnudado a tirones, quedó tumbado en medio del camino.El general Barbosa, que contempló desde lejos aquel salvaje fin, buscó donde parapetarse para defender su vida. Viendo, abierta la puerta de una de las casas, que pertenecía a un tal José Espínola, penetró en ella a caballo. Se desmontó como pudo y aprestó su espada y su revolver. Dejando a su cabalgadura en la primera habitación, se introdujo a una vecina, unida a la anterior por una puerta sin batiente.Los lanceros revolucionarios lo siguieron apresuradamente, pero las largas astas de 'Sus lanzas les impedían moverse en el interior de la casa. Sólo uno pudo asomarse a la habitación contigua, y apenas lo hizo, un disparo del general le desgarró un hombro.El general Barbosa estaba dispuesto a defenderse como una fiera acorralada y sus voces furibundas se oían por sobre los estampidos de la batalla lejana. Dos nuevos lanceros intentaron entrar y ambos rodaron heridos. La pieza, estaba "a obscuras y los atacantes, encandilados por la luz exterior, no lograban ver al general, que cambiaba de sitio después de cada disparo. Esto los exasperó, llevándolos a la furia más desatada. Empujándose unos a otros entraron al cuarto; el general agotó los tiros de su revólver y no tuvo tiempo de volver a cargarlo. Gritando como un demonio, echo mano a su espada:-¡Aquí estoy! ¡Ahora es tiempo de que me coman! ¡Mátenme, perros! -vociferaba cuando la masa de lanceros lo estrechó en un rincón.Inútil fue su desesperada' defensa. El duelo se convirtió en matanza. El general Barbosa, herido, pero siempre defendiéndose, fue sacado a sablazos fuera de la casa y arrojado al camino. Con el brazo derecho desgajado por un tajo brutal, se revolvió en el suelo, gritando siempre:-¡Mátenme, perros!...Los revolucionarios cayeron sobre su cuerpo, acribillándolo a lanzazos y golpes de sables. Después, varios dispararon sobre él sus carabinas.Muerto ya y despedazado, varios hombres se inclinaron sobre sus restos y le arrancaron con furia su uniforme de general, incluso las botas de montar; y un oficial le robó del chaleco un reloj Waltham de oro que le fuera otorgado como premio en la Guerra del Pacífico. Después los soldados, enloquecidos por la sangre, lo aferraron de la blanca barba y lo arrastraron hasta el alero de la posada de un tal Manuel Soto.Allí quedó, tendido de espaldas, con los ojos muy abiertos y el cuerpo destrozado por anchas heridas, el general Orozimbo Barbosa, que fuera uno de los héroes militares de antaño. A pocos pasos de él, igualmente despedazado, yacía el general Alcérreca, otro ilustre soldado. Ambos eran víctimas de la revolución, de la fatídica revolución que arrojó unos contra otros a los hermanos chilenos.Jorge Hinostrosa / Huella de Siglos |
| 撮影日 | 2010-06-01 21:18:28 |
| 撮影者 | santiagonostalgico |
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